Refugiados sirios en el Líbano: suma y sigue

Escrito por J. Comins y editado por Pilar Comín para AISH

La crisis humanitaria provocada por el conflicto sirio continúa agravándose ante la pasividad de la comunidad internacional. Si, por una parte, el atentado del pasado miércoles contra la sede de la Seguridad Nacional en Damasco ha generado escepticismo en torno a la fortaleza del régimen sirio, por otra parte no cabe duda de que ha hecho que se superen las ­ya de por sí crueles estadísticas del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR). La cuestión de los refugiados no solo representa un desafío humanitario para el país de los cedros, desbordado por la falta de medios y por la compleja crisis económica y social que atraviesa en estos momentos; el Gobierno libanés se enfrenta, además, a una creciente politización del asunto.

Según los datos publicados por el portavoz de ACNUR el 17 de julio, el número total de refugiados sirios ­­―que comprende todos aquellos repartidos entre Iraq, Turquía, Jordania y el Líbano— se ha triplicado desde el pasado mes de abril hasta llegar a los 112 000. Solamente en el Líbano se encuentran registrados 28 103. Pero quizá lo más alarmante de la situación es el anuncio del Alto Comité de Ayuda gubernamental, que ha manifestado que es incapaz de proveer asistencia médica y alimentaria debido a las restricciones presupuestarias. Según el responsable del organismo público, Ibrahim Bashir, la factura de hospitalización ha pasado de 400 000 dólares en los últimos meses a 1,2 millones en el mes de junio, lo que ha obligado a solicitar la ayuda de Arabia Saudí.

La llegada de los últimos refugiados procedentes, sobre todo, de Damasco, no ha hecho sino alimentar el clima de tensión y preocupación. En menos de cuarenta y ocho horas tras el duro golpe asestado por los rebeldes a la cúpula dirigente siria, atravesaron la frontera libanesa miles de desplazados, que fuentes de la Seguridad General libanesa y ciertas informaciones locales sitúan en entre 8 500 y 30 000. Un éxodo masivo de personas que en estos momentos se alojan —pagando tarifas muy reducidas— en lujosos hoteles destinados a los ricos visitantes del Golfo, lo que contribuye a aliviar las millonarias pérdidas económicas provocadas por la caída del turismo este verano. Entre los nuevos clientes también hay partidarios del régimen de Bashar al-Asad, temerosos de sufrir represalias por parte de las fuerzas opositoras y de bandas armadas que comienzan a circular por la ciudad. «Prefiero a Bashar al-Asad que a los rebeldes, que son todos islamistas», dice Imad Musawi, hombre de negocios de 37 años que huyó de Damasco el pasado viernes en un convoy de ocho coches con otras cincuenta personas.

Paralelamente a la llegada masiva de refugiados desde Siria, la brecha en el seno del Ejecutivo libanés parece ensancharse pese a su interés por aparecer, desde un primer momento, como un actor disociado e imparcial en relación con la crisis siria. El líder del Partido Socialista Progresista (PSP), Walid Jumblat, ha afirmado públicamente que construir campos para los refugiados sirios a imitación de Jordania y Turquía constituye un imperativo moral antes que una obligación política. Pero sus críticas más duras se dirigen hacia Hasan Nasrala por sus muestras de apoyo al régimen sirio y tras elogiar a Asef Shawkat, el viceministro de Defensa y cuñado de Bashar al-Asad asesinado en el atentado del miércoles 18 de julio. Por su parte, el partido Hezbolá no está dispuesto a aceptar el establecimiento de campos de refugiados sirios en el Líbano por temor a que se conviertan en plataformas de apoyo logístico para los rebeldes sirios, como parece estar sucediendo en el campo de refugiados palestinos de Naher al-Bared. Según un oficial de alto rango de las fuerzas de seguridad libanesas, éste cuenta con una pequeña salida a la costa que está utilizándose para el tráfico de armas hacia Siria por vía marítima.

La dramática situación humanitaria que vive el pueblo sirio se suma ahora a otros ejemplos bien conocidos en la región. Se trata de otro episodio más de miseria política y moral que puede ser aprovechada por ciertos actores regionales para tratar de ganar influencia. Como de costumbre, el tablero de alianzas internacionales y los intereses partidistas entorpecen un consenso más que necesario e impiden una acción política decidida y encaminada a aliviar el sufrimiento de sus principales víctimas: una población destinada a engrosar las listas de los organismos internacionales, desposeída de cualquier derecho y que huye despavorida dejando atrás sus propiedades para adentrarse en un futuro incierto.

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J. Comins

J. Comins es politólogo especializado en diplomacia y relaciones internacionales, así como en estudios árabes e islámicos contemporáneos. Tras haber participado en las operaciones de mantenimiento de la paz de Naciones Unidas en República Centroafricana (MINUSCA) y Mali (MINUSMA) durante varios años, actualmente trabaja como asesor de seguridad para International NGO Safety Organization (INSO) en Afganistán. Además, de manera ocasional, colabora en la publicación de análisis para el Instituto Español de Estudios Estratégicos (Ministerio de Defensa) y el Grupo de Estudios sobre Seguridad Internacional (GESI) del Departamento de Ciencias Políticas de la Universidad de Granada, entre otros.

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