La fe es del Yemen [1]

Escrito por J. Comins y editado por Alba González para AISH

Puede que el largometraje Innoncence of Muslims sea la última joya de la industria cinematográfica casera de Estados Unidos. Con un presupuesto visiblemente escaso y una limitada plantilla de intérpretes, su guionista, productor y director —que responde al pseudónimo de Sam Bacile, según The Wall Street Journal— ha sido capaz de mostrar al público su concepción personal del islam como una religión «destructiva, odiosa, hipócrita y cancerígena». Aunque quizá su mayor éxito haya sido evidenciar, cuando faltan menos de dos meses para las elecciones presidenciales en su país que, pese a los discursos conciliadores y aparentemente bienintencionados (como el pronunciado por Obama en la Universidad de El Cairo en 2009), el antiamericanismo sigue fuertemente arraigado en una importante porción del mundo araboislámico. La calle yemení no es la excepción que confirma la regla.

Las polémicas imágenes que ridiculizan la vida de Mahoma han causado un profundo malestar e indignación en Yemen, hasta el punto de que la semana que ahora termina[2] ­­ha sido rebautizada por los huzíes como la «Semana del grito»: una campaña de protestas llevada a cabo en diversas ciudades ­­­—incluida la capital—  bajo las consignas de ¡Muerte a Israel! ¡Muerte a América! ¡Victoria del islam! Según el diario local The Yemen Times, un seguidor huzí ha muerto a causa de una reyerta cuando colocaba carteles reivindicativos en las calles de Saná. Los mismos eslóganes se han repetido en la localidad de Taiz, aunque esta vez aderezados con peticiones que reclaman la ruptura de relaciones diplomáticas con Estados Unidos y la expulsión de su embajador.

El sentimiento antiestadounidense, muy extendido entre los yemeníes, no es un hecho novedoso ni aislado. En términos generales, el balance de los dos últimos decenios de la política exterior de Estados Unidos y sus aliados en Oriente Próximo ha sido negativo para los intereses de la sociedad yemení. Sirva como primer ejemplo la guerra de 1990, en la que los países del Golfo represaliaron al régimen de Saleh por su falta de apoyo a la coalición internacional para sacar las tropas iraquíes de Kuwait. La expulsión de casi un millón de trabajadores yemeníes supuso un duro golpe para la débil economía del país, apuntalada con las remesas de los expatriados. Como afirma el escritor y activista político, Ibrahim Mothana, el resentimiento no ha hecho más que acentuarse desde 2009, motivado por las numerosas bajas civiles que los bombardeos con vehículos aéreos no tripuladosdrones, en inglés­— están causando en las acciones de la llamada «guerra contra el terrorismo».

El asalto a la embajada estadounidense el pasado 13 de septiembre ha provocado el desembarco de nuevas unidades del cuerpo de marines en suelo yemení. El Pentágono y el Departamento de Estado consideran que se trata de una acción necesaria para reforzar la seguridad de las instalaciones y del personal diplomático. Para el Parlamento yemení, sin embargo, la presencia de tropas extranjeras no puede justificarse bajo ningún pretexto. La cámara de representantes también se ha encargado de recordar al Ejecutivo su obligación de proteger las misiones extranjeras en cumplimiento de las normas jurídico-internacionales[3]. Por su parte, el Congreso General del Pueblo —partido mayoritario del Gobierno de unidad nacional y al que pertenece el expresidente Saleh— se defiende acusando al ministro del Interior, el opositor Abdelqader Qahtan, de no haber tomado las medidas suficientes para la protección de la legación estadounidense.

Los recientes acontecimientos constituyen, por tanto, la gota que colma el vaso de una relación paradójica y compleja. Las manifestaciones de protesta y los disturbios en la sede diplomática de los Estados Unidos han creado una nueva brecha en el seno del Gobierno de unidad nacional entre los dos actores políticos principales: el Congreso General del Pueblo y el Encuentro Común, coalición que aglutina a varios partidos de la oposición. Pero, sobre todo, la indignación provocada por una cinta que el conjunto de la comunidad musulmana considera ofensiva, tiene lugar en un momento muy delicado de la historia política yemení, pues alimenta un resentimiento forjado con el paso del tiempo y se traduce en una suerte de espada de Damocles sobre el Ejecutivo. Este se encuentra atrapado entre la necesidad de la ayuda estadounidense y su incapacidad para afrontar por sí solo las amenazas que ponen en jaque la seguridad del país y, por extensión, la estabilidad regional.


[1] «La superioridad de la gente de fe, y la supremacía de la gente del Yemen en este tema» (hadiz recogido por Muslim).

[2] En Yemen, como en otros países de mayoría islámica, la semana comienza en sábado y termina en viernes.

[3] «El Estado receptor tiene la obligación especial de adoptar todas las medidas adecuadas para proteger los locales de la misión contra toda intrusión o daño y evitar que se turbe la tranquilidad de la misión o se atente contra su dignidad» (art. 22.2 de la Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas de 1961).

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J. Comins

J. Comins es politólogo especializado en diplomacia y relaciones internacionales, así como en estudios árabes e islámicos contemporáneos. Tras haber participado en las operaciones de mantenimiento de la paz de Naciones Unidas en República Centroafricana (MINUSCA) y Mali (MINUSMA) durante varios años, actualmente trabaja como asesor de seguridad para International NGO Safety Organization (INSO) en Afganistán. Además, de manera ocasional, colabora en la publicación de análisis para el Instituto Español de Estudios Estratégicos (Ministerio de Defensa) y el Grupo de Estudios sobre Seguridad Internacional (GESI) del Departamento de Ciencias Políticas de la Universidad de Granada, entre otros.

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